ASÍ ESCRIBÍA POESÍA LA GENERACIÓN DEL 90 EN LAMBAYEQUE
Por Nicolás Hidrogo Navarro
La generación del 90 en Lambayeque pareciera haber estado destinado a sufrir el designio de: clandestina en su propia época en que escribió, fragmentaria y discontinua en sus ediciones plaqueteras, escasa de competitividad, prematura para los mass media, sin ideal troncal, heroico en soledad y triste en orfandad. Es a partir del 2004 en que todo ese caudal poético empieza a ebullecer y ser conocido, de a pocos. Mientras tanto vivió en su propio aislamiento y getto generacional. El ideal rimbaudiano y baudeleriano sirvió como un consuelo y un derrotero de seguidores, no tanto por su poesía, sino por sus actos, “ser maldito” era un síntoma y manera de expresar un rechazo a lo político a la anomia social. Constituida por ideales incendiarios universitarios o de institutos pedagógicos donde los ideales maoístas, guevaristas, parecían marcar la ruta, arrinconados por leyes que castigaban draconianamente cualquier sedición cultural identificada con nombres y apellidos por seguridad del Estado. Nadie quería atreverse a vacacionar una cadena perpetua en alguna mazmorra infrahumana de la isla-penal El Frontón, a lo Papilón.
Pronto prospera la contraculturalidad por el arrinconamiento de un Estado garroteador y la misma sociedad que no le daba bola. Allí, junto a la corrupción, nace el espíritu del malditismo transgresor que se resistía a ser pisoteado en sus fueron estéticos. La poesía panfletaria, asociada a la protesta sindical disminuyó en la calidad de las formas, para dar énfasis al contenido casi de postulados socialistas. Sin embargo, la predominancia general temática fue el libre cosmopolitismo temático ahuyentado de todo signo y simbolismo de identidad. Esto caracteriza y se asocia con el individualismo maniqueo y el aislacionismo total
Con todos sus contrastes y sus variopintas formas de poetizar, se dio y existió pero tuvo un paréntesis evolutivo (1997-2005) porque todo el mundo se dedicaba a escribir poesía –escasamente cuento e inexistentes ensayos de análisis y reflexión estética-, pero no hacer intelectualización, análisis y valoración de ella. Probablemente pocos conocieron la literatura lambayecana como tal en su momento, porque no hubo libros editados, pero las plaquetas jugaron un rol dinamizador y vehículo de ensayo introductorio, pero al mismo tiempo efímero de duración porque al poco tiempo pasaban a ser el papel higiénico de los baños familiares.
Los vasos comunicantes en los 90 entre los poetas y narradores fueron más extrauniversitarios y extraacadémicos, por la naturaleza misma que nuestras universidades siempre se comportaron como islas conventuales, haciendo que en la organización poética el sentido social archipiélago sea una constante y donde cada grupito se alucinaba cambiar de posición el eje terráqueo con sus poemas leídos entre sí. Nadie o poco gente –excepto entre los mismos creadores- se ha conocido lo que se hizo en los 90, porque a los recitales sólo iba la propia gente o amigos de los que les correspondía leer, que no pasaba de las veinte personas en promedio.
El impacto socio-cultural fue muy débil –quizá como lo sigue siendo ahora en el 2010, con la salvedad que el rebote de internet cualifica y diseminada lo que antes era sólo una voz aullada en medio del desierto.
A esta literatura lambayecana se le reclamó compromiso social y se escudó en su esteticidad cosmopolita. Se le exigió identidad terrígena y eludió ese camino por el exotismo. Se le exigió acción pedagogizante y se escudó en su liberrimidad intimista, caótica y holística. Se le pidió una literatura realista y se acurrucó en el minimalismo y estetismo evasivo. Se le pidió una conducta social coherente poesía sublime = actitud concordante y se refugió en el alcohol como un derecho inalienable e inherente al quehacer poético. Se le reclamó ética y equilibrio mesurado y cayeron en el tremendismo verbal y actitudinal de hacer de la caterva literaria una fila rebeldes sin postulados conocidos ni propuestas alternativas. Se le pidió libros y entregaron plaquetas. Se les pidió compromiso social y reclamaron su necesidad absoluta de libertad para ser y hacer lo que se les venga en gana.
Gran parte de los libros editados –unos diez, en poesía y unos 4 en narrativa- pasados los 2000 tienen el olor de los 90, la nostalgia y la iracundia, la osadía y el lenguaje idiotista que ejerció la impotencia social, política y cultural y por la emulación misma por un lado de la imitación del malditismo poético francés con la que se identificó y por otro lado los nuevos aires refractantes del boom latinoamericano en narrativa, elementos válidos que quisieron transfigurase en una poesía o narrativa de protesta y denuncia, pero que no fue conocida ni leída en su momento sino cuando todo se hubo trocado en otra realidad. Triste fin de poemas y cuentos, siguiendo el sentido del refrán “agua pasada no mueve molino”, pero que queda como parte del ideario y anales de época.
Sin embargo, nadie podrá hablar ni mal ni bien de ella sino no la conoce. La labor de cualquier crítico o comentarista es partir del sustrato lingüístico para poder encontrar un derrotero y eje transversal temático. Y en los 90 las variadas líneas solitarias: amorosas, filosóficas, románticas, lúdicas, rebeldes, malditas, exóticas, fueron un referente y una marca de época y resultado de contexto de todo lo que se produjo y vivió.
Si bien escribir poesía es un acto solitario y temáticamente responde a estados emocionales coyunturales, aspiraciones o decepciones encubiertas, sensibilidad estética latente, influencia lectora y percepción de la realidad y las actitudes, ésta no puede ser un acto de ostracismo y evasión total so pena de convertirse en un buen versificador Pero ¿para qué y para quién?
http://literaturaenlambayeque.blogspot.com/
La generación del 90 en Lambayeque pareciera haber estado destinado a sufrir el designio de: clandestina en su propia época en que escribió, fragmentaria y discontinua en sus ediciones plaqueteras, escasa de competitividad, prematura para los mass media, sin ideal troncal, heroico en soledad y triste en orfandad. Es a partir del 2004 en que todo ese caudal poético empieza a ebullecer y ser conocido, de a pocos. Mientras tanto vivió en su propio aislamiento y getto generacional. El ideal rimbaudiano y baudeleriano sirvió como un consuelo y un derrotero de seguidores, no tanto por su poesía, sino por sus actos, “ser maldito” era un síntoma y manera de expresar un rechazo a lo político a la anomia social. Constituida por ideales incendiarios universitarios o de institutos pedagógicos donde los ideales maoístas, guevaristas, parecían marcar la ruta, arrinconados por leyes que castigaban draconianamente cualquier sedición cultural identificada con nombres y apellidos por seguridad del Estado. Nadie quería atreverse a vacacionar una cadena perpetua en alguna mazmorra infrahumana de la isla-penal El Frontón, a lo Papilón.
Pronto prospera la contraculturalidad por el arrinconamiento de un Estado garroteador y la misma sociedad que no le daba bola. Allí, junto a la corrupción, nace el espíritu del malditismo transgresor que se resistía a ser pisoteado en sus fueron estéticos. La poesía panfletaria, asociada a la protesta sindical disminuyó en la calidad de las formas, para dar énfasis al contenido casi de postulados socialistas. Sin embargo, la predominancia general temática fue el libre cosmopolitismo temático ahuyentado de todo signo y simbolismo de identidad. Esto caracteriza y se asocia con el individualismo maniqueo y el aislacionismo total
Con todos sus contrastes y sus variopintas formas de poetizar, se dio y existió pero tuvo un paréntesis evolutivo (1997-2005) porque todo el mundo se dedicaba a escribir poesía –escasamente cuento e inexistentes ensayos de análisis y reflexión estética-, pero no hacer intelectualización, análisis y valoración de ella. Probablemente pocos conocieron la literatura lambayecana como tal en su momento, porque no hubo libros editados, pero las plaquetas jugaron un rol dinamizador y vehículo de ensayo introductorio, pero al mismo tiempo efímero de duración porque al poco tiempo pasaban a ser el papel higiénico de los baños familiares.
Los vasos comunicantes en los 90 entre los poetas y narradores fueron más extrauniversitarios y extraacadémicos, por la naturaleza misma que nuestras universidades siempre se comportaron como islas conventuales, haciendo que en la organización poética el sentido social archipiélago sea una constante y donde cada grupito se alucinaba cambiar de posición el eje terráqueo con sus poemas leídos entre sí. Nadie o poco gente –excepto entre los mismos creadores- se ha conocido lo que se hizo en los 90, porque a los recitales sólo iba la propia gente o amigos de los que les correspondía leer, que no pasaba de las veinte personas en promedio.
El impacto socio-cultural fue muy débil –quizá como lo sigue siendo ahora en el 2010, con la salvedad que el rebote de internet cualifica y diseminada lo que antes era sólo una voz aullada en medio del desierto.
A esta literatura lambayecana se le reclamó compromiso social y se escudó en su esteticidad cosmopolita. Se le exigió identidad terrígena y eludió ese camino por el exotismo. Se le exigió acción pedagogizante y se escudó en su liberrimidad intimista, caótica y holística. Se le pidió una literatura realista y se acurrucó en el minimalismo y estetismo evasivo. Se le pidió una conducta social coherente poesía sublime = actitud concordante y se refugió en el alcohol como un derecho inalienable e inherente al quehacer poético. Se le reclamó ética y equilibrio mesurado y cayeron en el tremendismo verbal y actitudinal de hacer de la caterva literaria una fila rebeldes sin postulados conocidos ni propuestas alternativas. Se le pidió libros y entregaron plaquetas. Se les pidió compromiso social y reclamaron su necesidad absoluta de libertad para ser y hacer lo que se les venga en gana.
Gran parte de los libros editados –unos diez, en poesía y unos 4 en narrativa- pasados los 2000 tienen el olor de los 90, la nostalgia y la iracundia, la osadía y el lenguaje idiotista que ejerció la impotencia social, política y cultural y por la emulación misma por un lado de la imitación del malditismo poético francés con la que se identificó y por otro lado los nuevos aires refractantes del boom latinoamericano en narrativa, elementos válidos que quisieron transfigurase en una poesía o narrativa de protesta y denuncia, pero que no fue conocida ni leída en su momento sino cuando todo se hubo trocado en otra realidad. Triste fin de poemas y cuentos, siguiendo el sentido del refrán “agua pasada no mueve molino”, pero que queda como parte del ideario y anales de época.
Sin embargo, nadie podrá hablar ni mal ni bien de ella sino no la conoce. La labor de cualquier crítico o comentarista es partir del sustrato lingüístico para poder encontrar un derrotero y eje transversal temático. Y en los 90 las variadas líneas solitarias: amorosas, filosóficas, románticas, lúdicas, rebeldes, malditas, exóticas, fueron un referente y una marca de época y resultado de contexto de todo lo que se produjo y vivió.
Si bien escribir poesía es un acto solitario y temáticamente responde a estados emocionales coyunturales, aspiraciones o decepciones encubiertas, sensibilidad estética latente, influencia lectora y percepción de la realidad y las actitudes, ésta no puede ser un acto de ostracismo y evasión total so pena de convertirse en un buen versificador Pero ¿para qué y para quién?
http://literaturaenlambayeque.blogspot.com/




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